La fotografía —como el mar— nunca es estática.

La carretera que conduce a la Isla de las Palomas, en Tarifa, es una línea invisible que separa dos mundos. A un lado, el Mediterráneo; al otro, el Atlántico. Dos mares, dos energías, dos formas de moverse… y en medio, la fotografía.

El viento moldea cada instante y el sol dibuja contrastes que cambian en segundos. Fotografiar este punto es aprender a observar y a esperar.

La fotografía —como el mar— nunca es estática. Es un ejercicio constante de mejora. De equivocarte con la luz, de pelearte con el horizonte, de descubrir que lo importante no es capturar el lugar perfecto, sino convertirte en alguien capaz de verlo.