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Nadie me ha querido más de frente.

Tiene el alma limpia, sana, transparente como el agua del Cabo de Gata, y esmeralda como su color favorito. Me resulta fácil ver lo bonito cuando vamos de la mano. Aunque en mis mañanas amanezcan nubes de tormenta, ella siempre me ve bien. Me toca intentar ser mejor cada día por ella, por mi y por lo que nos queda. A su lado, Siempre Amanece.

Hoy hace tres años que se fue mi madre

No puedo sentirme triste. Ella y mi padre siguen presentes en mis días a través de los principios y valores que supieron transmitirme, y que procuro seguir siendo fiel a ellos. La familia que formaron para ellos fue lo más importante. En unidad siempre hemos afrontado los momentos difíciles juntos. Fomentar la unidad frente a la diversidad y la individualidad nos hace mejores personas. Precisamente porque es difícil.

Ambos se fueron viendo a su familia unida. Felices. Tranquilos. En paz. Ahora, por lo que mi respecta, me siento en la obligación de fomentar, de abonar ese cariño y ese amor ya no por mí, sino por los numerosos sobrinos de los que disfruto, y de los nietos que estén por llegar.

En muchas ocasiones, aunque ya no estén, les agradezco que mi vida sea maravillosa aún con muchas dificultades. Así es, porque la resiliencia y la manera de afrontar lo bueno y lo malo me la demostraron sólo con su actitud. Hoy no tengo miedo del devenir. Qué importante es eso.

Tres años ya, cómo pasa el tiempo. Ser perfeccionista es uno de mis numerosos defectos, por eso intentaré seguir haciendo lo mejor posible tal y como les hubiera gustado.

Sé que es lo que esperan de mí, porque sé que creen en mi.